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Vivo en el abismo que se forma entre tu último beso y la última sonrisa que me haya dedicado una desconocida por la calle. Los días pasan y la televisión escupe mentiras radioactivas, mientras nosotros ahogamos la única verdad que conocemos en el fondo de un vaso de autocompasión. Nos quejábamos tanto…

Las cosas parecían caer en picado y el mundo seguía igual: lleno de adolescentes de cuarenta empeñados en parecer interesantes, llenos de un nihilismo barato sacado de una traducción equivocada de la solidaridad. Se llenaban la boca hablando de cómo fallaron y cayeron y de cómo aquello les hacía únicos, diferentes, especiales… Sus cuerpos que ya empezaban -con todo el peso del mundo- a marchitarse perseguían a todas las mujeres jóvenes que sus viejos ojos alcanzasen a ver. Una procesión de decadencia, unos dientes brillantes bañados en alcohol.

Y hacia eso: paso a paso: iba avanzando lo poco de mí que había sobrevivido al sentido común.

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