Georgia.

De repente se han ido: han pasado todos esos momentos y ahora, con una mezcla de timidez y cobardía, se han convertido en recuerdos. Vibrantes, eso sí, pero recuerdos al fin y al cabo. Y lo peor de los recuerdos no es su tiempo pasado, sino su extraña capacidad de omnipresencia. Eso es lo peor de todo. Y también lo mejor. Somos el resultado de todo ese camino, el precio de dejar huella, las heridas, los reencuentros y los atardeceres.

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Georgia.

En una tarde calurosa de verano, me descubro pesando en cómo el tiempo ha ido transformando a las mujeres que formaron parte de mi vida. Sus caminos me resultan tan ajenos que, en el fondo, no puedo evitar apenarme.

De la manzana dorada sólo queda ahora acidez en la boca del estómago.

ADIÓS, POESÍA.

Asumir la realidad es, de hecho, lo que caracterizaba (o eso pretendía yo) mis últimos poemas. Siguiendo en esa línea toca hacer un paréntesis en nuestra relación, no nos engañemos: no estamos hechos el uno para el otro. No eres tú, soy yo, estoy seguro.

Seguiré con el espejo en el cajón, por si las moscas. Me lo llevaré conmigo a donde toque en su momento -si es que toca algún día-, pero a priori ya está: se terminó. A veces, simplemente, no hay nada que añadir o, si lo hay, prefiero no añadirlo.

Nos leemos, eso sí, en cualquier poema de cualquier otro autor. De eso se trató siempre.

ADIÓS, POESÍA.

LA PLAZA.

Los servicios municipales de limpieza
están regando el suelo de la plaza de abastos.

Hacia la alcantarilla, con el agua marrón de los domingos,
bajan algunas hojas y bragas en oferta dos por uno.

No se escucha la voz de los gitanos,
sólo un desolador terreno sucio,
un campo de batalla:

y yo en el medio.

LA PLAZA.