LA PLAZA.

Los servicios municipales de limpieza
están regando el suelo de la plaza de abastos.

Hacia la alcantarilla, con el agua marrón de los domingos,
bajan algunas hojas y bragas en oferta dos por uno.

No se escucha la voz de los gitanos,
sólo un desolador terreno sucio,
un campo de batalla:

y yo en el medio.

LA PLAZA.

2016.

Toca –como el año pasado– hacer un poco de balance. 2016 ha sido, sin duda alguna, un año interesante, no sólo a nivel personal sino, y yendo a lo que nos atañe, a nivel poético y artístico. No han sido pocas las frustraciones de este año pero, por suerte, han sido superadas por los buenos momentos: el trabajo en Tintas junto a Paula y Llara -que además conseguí hacer llegar a Karmelo C Iribarren, uno de mis referentes- o la firma con Lumen Rosetta para publicar Al doblar la esquina han hecho que este año sirviese, por decirlo de algún modo, de barbecho, de trampolín para coger impulso de cara a futuros proyectos.

He recitado, de nuevo, en Madrid, he conocido a muchas poetas magníficas y me guardo muchas copas en la memoria con personas sin las que, estoy seguro, mi vida tendría mucho menos sentido. Las vías del tren, a veces, son más hogar que el destino.

Por poner una pega, sigo teniendo guardado -a buen recaudo- en un cajón mi espejo aún sin certezas sobre su salida a escena. Supongo que, en cierto sentido, la vida se reduce a esperar… Nunca nos conformamos con el presente.

2016.

Navidad.

Han encendido las luces

y adornado las calles.

 

Los centros comerciales

abrirán el domingo.

 

Se puede, incluso,

patinar sobre hielo

-artificial-

comprar roscón de reyes

-producción en cadena-,

escuchar villancicos

-enlatados-…

 

Ya no se puede, sin embargo,

luchar contra la máquina:

 

lo ha devorado todo:

 

hasta lo único humano

que quedaba.

Navidad.